“¡Me lo pido todo para Reyes!”

Dos gemelas de cinco años encaradas a la televisión compiten por ser la primera en decirlo. Incluso antes de que el anuncio muestre por completo el juguete, ya empieza a tabletear la conocida ametralladora verbal, que también vuelve a casa por Navidad: “¡Me lo pido, me lo pido, me lo pido…!”.

 

La publicidad de juguetes conquista por estas fechas la programación infantil de las cadenas comerciales, que cada vez atraen más a los pequeños. En España, los niños de entre cuatro y 12 años pasaron el pasado año un promedio de 2,38 horas diarias frente a la pantalla de televisión, un 11,2% más que en 2005, según un estudio elaborado por Barlovento a partir de datos de Kantar Media. Y cada corte publicitario es esperado por la audiencia infantil con interés, hasta el punto que muchos niños los aguardan con mayor ansiedad que sus series de dibujos animados favorita

 

Los anuncios marcan pautas de consumo y de conductas en un blanco (target, en la jerga de la industria del sector) especialmente sensible por su falta de defensas maduras. Porque si la publicidad es la comunicación de tipo persuasivo que persigue cambiar, reforzar o crear actitudes hacia un producto o un servicio, la consecución de este objetivo resulta mucho más sencilla de lograr en niños, aunque entraña más riesgos y problemas. Se trata de una población especialmente vulnerable, y, por tanto, protegida por un marco legal y por códigos de autorregulación. Elementos cuyo cumplimiento son siempre objeto de discusión y denuncia.

 

¿Qué deben hacer los padres ante este hostigamiento publicitario? Sobre todo cavar trincheras estableciendo defensas propias para contrarrestar la ofensiva. Es decir, aplicar el sentido común, estimular el sentido crítico y marcar límites.

 

Los niños son el blanco de la industria del juguete. Pero también un objetivo interpuesto, dependiendo de la edad, ya que ellos no tienen capacidad de compra directa, sino otra facultad no menos importante: la de influir en sus padres, que son quienes abren la cartera o pasan la tarjeta de crédito. En una estrategia en dos fases, los menores son los destinatarios del bombardeo de mensajes publicitarios para que, en una segunda etapa, influyan en los padres, tíos y abuelos que son quienes acudirán a la tienda de juguetes. Ahí es donde entra en juego el mantra del me-lo-pido.

 

Cada vez con más frecuencia, los jugueteros tratan directamente con las productoras que realizan el anuncio publicitario y menos con intermediarias como agencias. La valenciana Estudios Andro es una de las principales productoras del mundo especializada en anuncios infantiles. Trabaja para España, EE UU o Australia y con firmas como Famosa, Simba o Hasbro. “Los anuncios apenas varían de un país a otro, incluso los japoneses nos piden niños con rasgos occidentales… En España nos piden desde hace unos años más chavales con rasgos morenos por la fuerte inmigración que ha habido”, explica Juan Andreu, realizador de la productora. “Planteamos películas responsables, siempre en relación con las empresas. Elegimos a los protagonistas en un casting de entre 50 y 80 niños. Y no elegimos a los más guapos, o de ojos azules, sino a lo que demuestran tener ángel ante la cámara, a los más expresivos y los más simpáticos”. A tenor de la reacción inmediata frente al televisor, son muchos los niños con ángel. Y muchos más los dispuestos a pedírselo todo.


Escribir comentario

Comentarios: 0